Buenas noticias desde Bruselas

Esta mañana la CE, en declaraciones del Presidente de la Comisión y los Comisarios Siim Kallas, Transportes, y Olli Rehn, Asuntos Económicos y Monetarios, han confirmado que el Corredor Ferroviario del Mediterráneo está en el programa prioritario de transportes.

Bruselas ya advirtió de que no habría dinero para todo lo que los países pretenden y solo aquellas ideas que demostrasen ser eficaces para mejorar el transporte de mercancías ferroviario y marítimo y, sobre todo, las que tuvieran un apoyo económico por parte de sus estados, saldrían adelante. Las redes incluidas en la red básica recibirán apoyo comunitario, lo cual no significa que serán realizadas íntegramente por la Unión Europea, sino que ésta ofrecerá ayuda financiera y hasta un 10% de los fondos necesarios para hacerlas realidad entre 2012 y 2020, siempre que los Gobiernos de los estados se comprometan a aportar el resto del presupuesto.

” La versión del corredor mediterráneo aprobada por la Comisión consiste en dos líneas con origen en Algeciras. Una hacia Madrid, completada exceptuando el tramo final des de Boadilla hasta Algeciras y otra hacia Valencia pasando por Granada y Almería. Este tramo es el que se encuentra más atrasado ya que todavía se han de realizar los estudios y la construcción de numerosos tramos. Desde Madrid y Valencia las dos líneas confluirán en Tarragona, la primera a través de la línea ya construida por Zaragoza y la segunda a través de una línea que se completará entre 2014 y 2020 que conectaría Valencia y Tarragona. Desde allí, la línea se dirigiría hacia Francia a través de la línea en construcción entre Barcelona, dónde se crearia una conexión con el Puerto y el aeropuerto, y Francia.

La otra conexión con Francia se estableceria con el Corredor Atlántico. La Unión Europea considera prioritario completar la conexión de Portugal con Valladolid y, desde allí, hacia el País Vasco y Bayona, en Francia.”

Extracto sacado del artículo “Europa  declara prioritarios los ejes ferroviarios del mediterráneo y atlántico” publicado en EL País el miércoles 19 de Octubre.

 

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Las Desventuras de Atenea

La nueva crisis bancaria nos va a pillar sin haber hecho los deberes. Los contribuyentes se van a enfadar, y con razón, porque se les prometió que no se costearían con su dinero los dislates de Wall Street o la City

Cuenta François Fillon, el primer ministro francés, que el gran mérito de De Gaulle fue el de anticiparse a los tiempos. Se opuso a la construcción de la Línea Maginot porque sabía que la guerra que se anunciaba en el horizonte sería una guerra mecanizada y no de trincheras. Cuando Francia fue ocupada, De Gaulle no dudó en aceptar su fusión con Reino Unido, a pesar de su creencia, casi mítica, en la soberanía nacional.

Traigo a colación esta reflexión porque hoy, como en la primavera de 1940, la historia avanza a una enorme velocidad y hay que encauzar su curso con iniciativas audaces, capaces de sacudir la imaginación y derribar los obstáculos que retrasan la unidad de acción. El seguir plantados en la plaza, esperando a que el toro pase de largo no es solución; o lo cogemos por los cuernos, o se nos llevará por delante a todos, o a algunos de nosotros. “En situaciones de emergencia, no hay solución cuando los Gobiernos actúan por separado y las opiniones públicas reaccionan por separado ante una misma amenaza cuya inmensidad y cercanía no es posible ignorar” (Jean Monnet).

El problema más inminente sigue siendo Grecia. El primer rescate no sirvió para nada y es probable que el que se aprobó en julio tampoco sirva para gran cosa. Los griegos acaban de anunciar que no podrán cumplir sus compromisos, adquiridos con la troika (UE, FMI y BCE) a cambio de seguir recibiendo ayudas exteriores. Sin embargo, habrá que seguir ayudándoles, porque de lo contrario tendrán que cerrar hasta el Partenón. Es obvio que los diferentes Gobiernos griegos han hecho todo tipo de trapisondas y que ahora tienen que ajustar drásticamente su economía a sus posibilidades. Pero también es evidente que cada día que pasa su deuda es mayor, la contracción de su economía más severa y la probabilidad de que paguen más remota. La permuta de los bonos actuales por otros de cupón cero y vencimiento a 30 años podría ser una solución, porque daría un respiro a los griegos y la oportunidad de empezar a crecer. De hecho, el plan es similar al que por iniciativa de Nicolas Brady se puso en marcha en 1989 para los países emergentes. Pero insisto, el plan solo tendrá éxito si la economía griega empieza a crecer. Lo ha recordado recientemente el propio Brady: “No creo que la austeridad sea la respuesta, lo que deberíamos estar pensando es en el crecimiento”.

La más que previsible reestructuración de la deuda griega acaba con el mito de que las obligaciones públicas son activos absolutamente seguros, el clásico “papel de las viudas”. Precisamente este mito ha jugado un papel decisivo en la actual crisis económica. Los bancos han comprado muchos bonos soberanos durante mucho tiempo, y lo han hecho por varias razones: una de ellas porque les han presionado los Gobiernos nacionales; otra, porque no consumen capital (Basilea); y otra porque podían ser empeñados en el BCE a cambio de dinero fresco. Resultado: los balances de los bancos están trufados de títulos que ya no son, ni muchísimo menos, tan seguros como cuando se compraron.

Estamos ante una pescadilla que se muerde la cola: cuando quebró Lehmann Brothers, los poderes públicos tuvieron que acudir al rescate de sus entidades financieras para evitar el colapso del crédito; para atender a ese rescate, los poderes públicos tuvieron que endeudarse en cantidades estratosféricas, y ahora el temor a que no puedan atender las obligaciones contraídas puede provocar una crisis de deuda soberana que podría desembocar en una nueva crisis bancaria; para evitarla habría que proceder a una nueva recapitalización de los bancos. Es decir, un nuevo manguerazo a costa del contribuyente que se traduciría en más endeudamiento público. El ciclo volvería a empezar.

Y lo peor es que si todo esto ocurre, la nueva crisis bancaria nos va a pillar sin haber hecho los deberes. Los contribuyentes se van a enfadar, y con razón, porque hace ya más de año se les prometió que no tendrían que volver a costear con su dinero los dislates de los gatos gordos de Wall Street o de la City. La Comisión Europea se comprometió entonces a regular los productos financieros más problemáticos (derivados y ventas a corto), a obligar a los bancos a reforzar su musculatura (requisitos de capital), a dar a las autoridades de supervisión europeas (ESA, por sus siglas en inglés) más poderes para supervisar a las grandes entidades financieras transfronterizas y a enviar una propuesta de resolución de las crisis bancarias. A fecha de hoy, todavía estamos esperando.

Pero aún hay más problemas: también urge convencer a los inversores de que los bonos de los demás países sospechosos no van a correr la misma suerte que los bonos griegos. Para eso es necesario aumentar la potencia de fuego del Fondo de Rescate Europeo (EFSF, según sus siglas en inglés) y permitirle que de una vez por todas pueda conceder préstamos preventivos a los países en dificultades, comprar bonos en los mercados secundarios y recapitalizar bancos en dificultad. Como cualquier estratega militar sabe, la probabilidad de una agresión exterior es inversamente proporcional a la capacidad de disuasión propia. Paradójicamente, cuanto mayores sean las garantías del Fondo de Rescate, menor será la probabilidad de que haya que utilizarlo alguna vez.

Cuando hayamos encauzado los problemas a corto plazo, tendremos que enfrascarnos en la construcción de una arquitectura institucional de nueva planta que garantice la unidad de la Unión y transmita a los mercados una señal clara de que estamos dispuestos a defender el euro con uñas y dientes. No basta hoy con apuntalar un edificio que está en ruinas; es necesario explicitar con rotundidad el puerto al que queremos llegar y el rumbo que vamos a seguir. En el Mayo Francés del 68 se pedían palabras y no acciones; ahora lo que se requiere son acciones y no palabras. Jean-Claude Trichet lleva tiempo abogando por un ministro europeo de finanzas encargado de controlar los presupuestos nacionales, corregir los desequilibrios macroeconómicos y aplicar el llamado Pacto por la Competitividad. Lo que sea con tal de que alguien mande. Junto a él habría que crear un Fondo Monetario Europeo (FME), encargado de la emisión de eurobonos para garantizar la sostenibilidad de la deuda y de los llamados bonos proyecto para financiar proyectos europeos de interés común.

El problema más difícil que plantea la puesta en marcha de un Gobierno económico europeo es de estrategia. Los euroescépticos ni siquiera se molestan en discutir sus bondades; se limitan a repetir que su puesta en marcha exigiría una modificación de los tratados, hoy por hoy impensable. No es verdad: el proceso hacia un Gobierno europeo se podría iniciar ahora mismo sin necesidad de tocar los tratados, como se hizo con el euro (plan Delors). En la primera fase, se procedería a la convergencia de las economías de los países que quisiesen formar parte del club. En la segunda fase, se crearía un Fondo Monetario Europeo encargado de evaluar la convergencia de las economías nacionales, de asumir las funciones hoy atribuidas al Fondo de Rescate Europeo, y de hacer los estudios necesarios para el lanzamiento de la tercera fase. En este punto sí que habría que modificar los tratados, porque de lo que se trataría es de convertir el FME -hoy intergubernamental- en un órgano auténticamente europeo y de hacer posible la emisión de los bonos europeos bajo el principio de la responsabilidad solidaria, que es la madre del cordero.

La buena noticia es que la canciller Merkel acaba de anunciar que la reforma de los tratados ya no es un tema tabú. Anuncio de suma importancia, porque hoy la participación de Alemania en el proceso de reconstrucción europea es tan importante como lo fue en la época de la posguerra.

 

José Manuel García-Margallo y Marfil

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Quo vadis, Europa?

Los más conspicuos intelectuales han sido fervientemente europeístas. Rousseau escribió: “Ya no hay franceses, alemanes, españoles e ingleses, no hay más que europeos; todos tienen los mismos gustos, las mismas pasiones y las mismas costumbres”. El Abate Saint-Pierre dedujo de esta identidad cultural la necesidad de proceder a una integración política europea. Remitió su Proyecto de Paz Perpetua a Federico II de Prusia que lo despachó con una sola frase: “Es una excelente idea; lo único que falta es convencer a los Estados europeos y algunas otras bagatelas similares”.

 Casi trescientos años después la historia se repite. Se ha avanzado en la unión económica pero en el terreno político seguimos prácticamente igual que en tiempos de Rousseau.  Y eso a sabiendas de que una unión monetaria no podría sobrevivir sin una unión política. Sin coordinación económica, una crisis en cualquier país, por pequeño que sea, contagiaría al resto.

 Los padres del euro no pudieron con los gobiernos nacionales, siempre reacios a ceder soberanía. Confiaron en que podrían ir tirando con una política monetaria centralizada, un Pacto de Estabilidad que encorsetase las políticas presupuestarias nacionales y una coordinación light de las demás políticas económicas. Este remedo de arquitectura institucional se completó con tres advertencias disuasorias: ningún país sería rescatado por sus pares (no bail out); ninguno podría ser declarado insolvente (no default), ninguno podría abandonar (no exit). “Lasciate ogni speranza voi ch’entrate” (Dante, Divina Comedia).

 Antes de la actual crisis, ya se detectaron grietas. Cuando Alemania y Francia se saltaron a la torera el Pacto de Estabilidad  (2003), se cambiaron las reglas del  juego.Quo Vadis Europa En el balance de los primeros cuatro años tras la Estrategia de Lisboa (2005), se comprobó que los gobiernos compartían diagnósticos y pactaban terapias, pero de vuelta a casa hacían lo que les venía en gana. Ni en Ámsterdam, ni en Niza, ni en Lisboa se avanzó en el aggiornamento de las instituciones europeas. La moneda única había cambiado las estructuras económicas pero las superestructuras políticas sólo habían sido ligeramente remozadas. Una nueva contrariedad para Carlos Marx que, desde la caída del Muro de Berlín, no gana para disgustos.

 Cuando llegó la crisis, todo el edificio se desplomó. Grecia, Irlanda y Portugal fueron rescatados; Grecia declaró una insolvencia parcial, y los países virtuosos tuvieron que saltar las líneas rojas que ellos mismos habían establecido para salvar el euro. Lo ha dicho Tremonti, ministro de hacienda italiano: “La salvación no vendrá de la mano de las finanzas sino de la de la política. Pero la política no puede cometer más errores porque como ocurrió en el Titanic, ni siquiera los pasajeros de primera clase podrían salvarse solos”.

El paquete acordado este verano supone un avance, pero es claramente insuficiente y por eso los mercados respondieron bien. El Fondo Europeo de Rescate es demasiado pequeño y sus posibilidades de prestar a los estados en dificultades o de comprar deuda soberana son demasiado limitadas. En los Consejos de Ministros se insiste más en la condena de los pecadores que en la salvación de los arrepentidos. Se habla mucho de contribuyentes y poco de ciudadanos.

 Parece claro, que achicar el agua con copas de champagne no funciona. Se necesita un gobierno económico, un presupuesto común, una cierta armonización fiscal, obligaciones comunes y un plan de choque para empezar a crecer. Si no se hace así, lo más probable es que asistamos a una división de la zona euro en dos, de un lado, los países que tienen cuentas en el exterior saneadas  (Alemania, Países Bajos, Austria y Finlandia) de otro los países deficitarios: los sospechosos habituales y, probablemente, Francia. Eso supondría acabar con el proyecto europeo, un final que no interesa a nadie porque hasta los países que tienen sus cuentas más saneadas verían drásticamente mermadas sus exportaciones por la sobrevaloración de sus divisas y con su mercado natural, el europeo, gravemente debilitado. Eso sin contar con que los países europeos, aisladamente considerados, no tendrían peso alguno en los organismos internacionales que son los que deciden en este mundo globalizado.

 Coincidimos todos en que lo primero que hay que hacer es disciplinar las cuentas públicas, corregir los desequilibrios  macroeconómicos y estimular la competitividad. Ningún país podrá gastar más de lo que crezca su economía y los que tengan deudas pendientes tendrán que gastar menos todavía. No podrán bajar impuestos, salvo que reduzcan el gasto en una cuantía idéntica. Sin embargo, mientras los Gobiernos nacionales quieren que las decisiones las tome el Consejo, los Eurodiputados preferimos que las tomen la Comisión y el Parlamento, más independientes que los Gobiernos.

 También discrepamos sobre los eurobonos. Los prusianos de hoy creen que fomentarían el riesgo moral. “La indisciplina fiscal sería recompensada y la responsabilidad fiscal castigada.” (Otmar Issing, presidente del Centre for Financial Studies). Lo contrario es más cierto. Los eurobonos sólo cubrirían la parte de las deudas nacionales que podrían pagarse sin problemas mientras que  la deuda nacional que superase el límite convenido se tendría que cubrir con bonos nacionales a un interés prohibitivo. Además, el acceso al fondo constituido con los ingresos derivados de la emisión de eurobonos estaría reservado a los países que hubiesen estabilizado sus cuentas públicas y corregido sus desequilibrios macroeconómicos aunque no hubiesen agotado su cuota. Eso sin contar con que los eurobonos crearían un mercado de obligaciones casi tan grande como el americano que impulsaría  al euro como moneda de reserva internacional.

 Los amantes de la historia saben que en 1790, por iniciativa de Alexander Hamilton, Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, el recién estrenado Gobierno Federal canjeó  los bonos emitidos por los trece estados por bonos federales.  Muchos, como  el propio Thomas Jefferson, argumentaron  que los estados virtuosos no debían subsidiar a los  pródigos. Lo que pasó después es conocido: creció la confianza en la economía americana y el dólar empezó a ser una moneda respetada.

 Pero todo eso no será suficiente. Para salir de la crisis será necesario crecer y crear empleo. En los próximos años los países europeos no podrán endeudarse, ni tirar de gasto público ni bajar impuestos para impulsar la economía. Tampoco se puede contar con un presupuesto europeo jibarizado por las presiones británicas, pero sí se puede aumentar la potencia de fuego del Banco Europeo de Inversiones  y emitir bonos para proyectos específicos de interés europeo porque por fortuna la capacidad de endeudamiento de la Unión está prácticamente intacta. También en este caso el acceso a esta financiación podría estar condicionado al cumplimiento de las obligaciones contraídas en el marco de la gobernanza europea.

 Lo que está en juego no es la suerte de los países periféricos, sino la del euro e incluso el propio proceso de integración europea. Para salir de la crisis son necesarias medidas políticas inmediatas porque como dijo Indalecio Prieto “la convulsión de una revolución la puede soportar un país, lo que no soporta es el desgaste de su poder público y de su propia vitalidad económica manteniendo el desasosiego, la zozobra, y la intranquilidad”. En castellano viejo, lo que hay que decidir es hacia dónde queremos que vaya Europa.

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La Europa Frígida

Los ajustes de Grecia, Irlanda y Portugal son tan duros y las previsiones económicas tan negras que quizá no podrán devolver los préstamos recibidos. Si las cosas se tuercen, la eurozona se partirá en dos.
El Consejo de Ministros de Finanzas, reunido la semana pasada en Bruselas, ha vuelto a dar la impresión de que la Unión Europea en su formato actual es incapaz de afrontar los desafíos presentes y aún menos los futuros. La canciller Merkel, que es la que tiene que tirar del carro, parece presa de una opinión pública cansada de tener que pagar por los dislates de otros; no en vano en su país se utiliza la misma palabra -schuld- tanto para decir “deuda” como para decir “culpa”. Los finlandeses se han resistido todo lo que han podido al rescate de Portugal y solo han accedido a ampliar su potencia de fuego cuando han entendido que de no hacerlo, no habría dinero para rescatar a España o a cualquier otro país en dificultades. Ya veremos qué hacen cuando se discuta el Mecanismo de Estabilidad Europeo que debe arrancar en 2013.
Los partidarios de un gobierno económico más sólido no dicen nada. Sarkozy remite cada mañana a Merkel un taco de folios que acaban en la papelera antes del mediodía. Berlusconi bastante tiene con el bunga-bunga; y los países periféricos, cariñosamente conocidos como PIGS, procuran pasar inadvertidos para que nadie les señale sus vergüenzas. Así las cosas, la crisis de la deuda, si no se ataja a tiempo, puede transformarse en una crisis bancaria que acabe con la incipiente recuperación económica… una espiral diabólica.
Los ministros han aprobado el rescate de Portugal (78.000 millones de euros), a cambio de que suba considerablemente sus impuestos, recorte los sueldos de los funcionarios, las pensiones o las prestaciones por desempleo y venda buena parte de su patrimonio público. Irlanda recibirá 85.000 millones de euros, pero la mitad de esta cantidad se tendrá que destinar a ayudar a sus bancos en vez de invertir en gastos de futuro. Se rumorea que Grecia podría necesitar 50.000 millones de euros más de los que ya ha recibido, siempre que a cambio aplique un ajuste adicional durísimo (53.000 millones de euros) y un programa de privatizaciones (50.000 millones de euros) tan llamativo que el primer ministro Papandreu ha tenido que declarar que el plan no incluye la venta de “ninguna isla del Egeo ni ninguna obra del Patrimonio heleno”.
Los ajustes son tan duros y las previsiones económicas tan negras que probablemente los países rescatados no podrán devolver los préstamos recibidos, porque para hacerlo tendrían que asumir unos sacrificios que sus ciudadanos no parecen dispuestos a soportar. Eso es precisamente lo que pasó en la República de Weimar, que no pudo hacer frente a las extravagantes reparaciones de guerra que se le impusieron en Versalles. Más sensato sería imitar a los redactores del Plan Marshall y dar a los países en dificultades ayudas a cambio de un plan de saneamiento y recuperación económica realista.
Los posibles escenarios que se abren a partir de ahora son dos. Si las cosas se tuercen, la eurozona se partirá en dos, bien por la huida de los países que ya han salido de la crisis, o bien por la expulsión de quienes siguen sin levantar cabeza. Para evitar esta escisión hay que cerrar filas y dar un salto en el proceso de integración europea poniendo en marcha un gobierno económico que equilibre el omnímodo poder del Banco Central Europeo en la gestión de la política monetaria y persiga al mismo tiempo la consolidación fiscal y el crecimiento económico.
Los periódicos sensacionalistas alemanes piden todos los días la salida de Alemania del euro, pero este es un escenario poco probable, porque el resucitado deutsche mark -o, en su caso, un nuevo euro duro que compartiría con Austria, Finlandia y los Países Bajos- experimentaría una revaluación fulminante que dañaría sus exportaciones a países terceros, y más aún las dirigidas a los países descolgados del euro, quienes aprovecharían la ocasión para devaluar sus monedas y aliviar así su deuda. Ni que decir tiene que eso también supondría la desaparición del mercado interior.
Consciente de esta dificultad, Sarkozy ha aprovechado la ocasión para proponer una variante más light que consistiría en la creación de un club de países ricos, en el que naturalmente entraría Francia, que emitiría bonos europeos bajo el principio de responsabilidad solidaria. Esta opción no afectaría al comercio, pero dejaría prácticamente fuera del mercado de capitales a los no llamados a la Mesa del Señor. Si Winston Churchill levantara la cabeza diría que un nuevo telón de acero, esta vez financiero, está a punto de caer sobre Europa.
La otra forma de partir la eurozona es expulsar de la eurozona a los países menos solventes para “(…) evitar que la gangrena se extienda” (Timo Soini, líder de los Verdaderos Finlandeses). Quienes vivieron de cerca la “desdolarización” de Argentina (2001), recordarán el caos que supuso reprogramar depósitos, balances de empresas y bancos, hipotecas y contratos en una moneda devaluada. Lo de aquí sería aún peor porque las economías europeas son mucho más abiertas e interconectadas de lo que nunca estuvo Argentina.
Para orillar una catástrofe semejante, se ha planteado una opción un poco más digerible que pasaría por una reestructuración de la deuda, que podría ser dura, con quitas, o blanda, con ampliación de plazos y recorte de intereses. Todo ello con el consiguiente perjuicio para el Banco Central Europeo y para los bancos franceses y alemanes, que son los que tienen más bonos griegos, irlandeses y portugueses. Los contribuyentes alemanes no quieren poner dinero para ayudar a los países periféricos, pero si no lo hacen acabarán teniendo que ponerlo para rescatar a sus bancos. Como decía La Codorniz, una revista humorística del franquismo: “Cuando el bosque se quema, algo suyo se quema, señor conde”.
Cualquiera de los escenarios anteriores supone, como he dicho antes, la escisión en dos de la eurozona: de un lado, los países que ya han salido de la crisis; de otro, los que siguen sin levantar cabeza. La Europa solidaria de los padres fundadores sería sustituida por una Europa frígida como aquella Venus Frígida de Rubens que se puede ver en el Museo Real de Amberes. Una Venus retraída, en cuclillas, dando la espalda al espectador y protegiendo su cuerpo y el de Cupido del frío con un velo casi transparente. Detrás de ella, el sátiro, que representa la abundancia con una cornucopia llena de frutas, se ríe. Es la alegoría del dicho popular, “sin comida ni bebida, el amor se enfría”.
La alternativa a tan dramático escenario no es otra que darle la vuelta a este dicho. Más disciplina presupuestaria, menos desequilibrios económicos y más competitividad para evitar los dislates que nos han traído hasta aquí. Pero también más crecimiento y más solidaridad. Las recetas son conocidas: corregir los desequilibrios dentro de la eurozona, recuperar la solvencia de los bancos, flexibilizar la política monetaria para compensar la dureza de la política presupuestaria, emitir eurobonos para aligerar la carga de la deuda y, sobre todo, inventar recursos financieros novedosos para crecer y crear empleo. Si para eso, necesitamos reformar los tratados habrá que hacerlo cuanto antes; lo contrario es alentar a unos indignados -que no saben bien lo que quieren, pero saben muy bien lo que no quieren-, y certificar la defunción del proyecto más ambicioso que Europa ha acometido nunca.

Artículo publicado en El País el 21/05/2011-José Manuel García-Margallo y Marfil

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Los eurobonos, un regalo de Navidad

 

La respuesta europea a la crisis está siendo errática, confusa y poco consistente. Cada uno dice lo que se le ocurre y cambia de opinión al día siguiente sin dar ninguna explicación.
El Banco Central Europeo, que antaño era un sanedrín más hermético que los concilios vaticanos, es ahora, desde que estalló la crisis, una jaula de grillos.
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Basta que Jean-Claude Trichet se muestre partidario de mantener, durante un cierto tiempo, la barra libre para los bancos con dificultades, o que anuncie su disposición a seguir comprando deuda soberana para mantener la estabilidad de los mercados, para que Jürgen Stark, un alemán que forma parte del comité ejecutivo del Banco, o Axel Weber, el presidente del Bundesbank, digan exactamente lo contrario.
Basta que Barroso diga que quiere que el mecanismo permanente de resolución de crisis tenga carácter europeo, para que el Consejo se apresure a dejar claro que ni la Comisión ni el Parlamento tendrán nada que decir. Vamos, que el mecanismo de Barroso de europeo lo único tendrá es la sede, que al parecer estará en Luxemburgo y no en las Islas Caimán. 
 
El último motivo de discordia son los eurobonos: obligaciones emitidas conjuntamente por los países del euro para financiar entre todos una parte razonable de la deuda pública de cada país sin poner en peligro las finanzas nacionales ni las europeas.
 
Estos títulos, conocidos en la jerga comunitaria como bonos azules, gozarían de las máximas calificaciones crediticias, la famosa triple A que la deuda española ha perdido. Los bonos azules se pagarían antes que cualquier otra obligación (deuda senior) y, en consecuencia, se emitirían a un tipo de interés muy competitivo. Por el contrario, la parte de la deuda soberana de cada país que no fuese cubierta por los bonos azules lo sería mediante la emisión de títulos nacionales por cada uno de los países de la zona euro (bonos rojos), que se pagarían después de haberse pagado los azules y, en consecuencia, su coste sería casi prohibitivo. Más o menos lo que pasa con las hipotecas en Estados Unidos: préstamos a tipo normal para los clientes solventes (prime), y a tipos disparatados para los menos solventes (subprime).
 
La idea fue lanzada por Jean Claude Juncker, el presidente del Eurogrupo, y por GiulioTremonti, el ministro de Hacienda italiano. Merkel reaccionó como una pantera.
 
 
Por su parte, la OCDE, Frank-Walter Steinmeier, el ex ministro de Asuntos Exteriores y actual líder de la socialdemocracia alemana, y Peer Steinbrück, ex ministro de Hacienda alemán, han terciado en el debate a favor de los eurobonos. Lo mismo ha hecho el multimillonario George Soros, que no sé si será de izquierdas, pero que desde luego no tiene problemas para llegar a fin de mes.
 
Mientras tanto, el último Consejo Europeo ha dicho que nones y el Parlamento ha decidido seguir adelante con la copla, lo que augura que el debate no está ni mucho menos muerto, aunque los eurodiputados del partido de Merkel están dispuestos a hacer lo posible y lo imposible para abortarlo.
Y es que los contribuyentes alemanes se desayunan cada mañana con periódicos sensacionalistas que les asustan diciendo que los eurobonos les van a obligar a pagar por las extravagancias de los países periféricos -Grecia, Irlanda, Portugal y España- en los que la gente trabaja menos, goza de prestaciones sociales más generosas y se jubila antes que ellos.
Los eurodiputados alemanes no se creen estas historias simplistas, pero sí temen que el coste de los eurobonos sea más alto que el que habría que pagar por el bono alemán.
Es posible que a corto plazo tengan razón, porque el interés a pagar por un bono español a diez años está en el 5,53 por ciento y el del griego en el 11,59 por ciento, mientras que el del alemán no pasa del 3,04 por ciento.
Motivos infundadosPero hay varias razones por las que creo que, a largo plazo, los temores de los eurodiputados alemanes no están fundados.
 
En primer lugar, porque antes incluso de que nos pongamos de acuerdo sobre los eurobonos se habrá aprobado una reforma del Pacto de Estabilidad que permitirá controlar mucho mejor que ahora las extravagancias presupuestarias de los países del euro.
 
Además, estamos discutiendo disposiciones muy concretas para forzar a los países del euro a abordar las reformas necesarias para mejorar su competitividad.Es obvio que cuando un país está embarcado en un proceso de modernización de su economía lo que procede es transfundirle sangre y no chupársela como los vampiros medievales.
Los eurobonos permiten conseguir simultáneamente los dos objetivos en que se resume la ortodoxia económica: una financiación razonable para los países con bajos niveles de deuda y una carísima para los que se salten las reglas.
Un auténtico huevo de Colón especialmente atractivo para los que creemos que ésta es una buena ocasión para avanzar en el proceso de la construcción europea.
 
Tesoro común
La emisión de los eurobonos, su colocación entre los inversores de dentro y de fuera de la Unión y la adjudicación de los recursos obtenidos entre los países del euro obligarían a crear una especie de Departamento del Tesoro que supondría un paso más en el diseño de una arquitectura europea más integrada.
Además, los eurobonos darán un empujoncito más al euro como moneda internacional porque serán el detonante necesario para la creación de un mercado de obligaciones europeo que, según los cálculos más conservadores, sería cinco veces el alemán y casi tan grande como el americano.
Los viejos textos de Economía dicen que la gracia de una moneda depende de la importancia de quién la emite, de su papel en el mundo, de su estabilidad, y esto es lo que me importa, de la existencia de mercados financieros bien desarrollados.
 
Como español, el sistema me resulta aún más atractivo y no acierto a comprender las reticencias de algunos compatriotas. Los eurobonos son buenos para la Unión y para casi todos los países del euro, pero lo son especialmente para nosotros.
Los expertos que trabajan para la organización Bruegel, una task force marcadamente europeísta, consideran que los países más pequeños y con un mercado de bonos soberanos menos líquido (Austria y Luxemburgo) serían más beneficiados que los más grandes (Francia o Alemania), aunque éstos también estarían mejor que ahora.
 
Consideran también que los países en los que la relación deuda pública/PIB es más alta tendrán que esforzarse más que otros (Finlandia o Países Bajos) para abaratar el costo de sus bonos rojos y ganarse la confianza de los mercados.
 
Estiman, finalmente, que aquellos estados que están cerca de un rescate serán los que más beneficios saquen de los bonos azules. Y España es un país intermedio con un mercado de bonos mediano, con una relación de deuda pública relativamente buena y candidato al rescate en casi todos los periódicos económicos.
Para nosotros, por lo tanto, los eurobonos pueden ser un buen regalo de Reyes, y aunque el Gobierno de Zapatero no merece otra cosa que carbón, es obvio que el resto de los españoles no nos merecemos quedarnos sin regalo.
 
Post Scriptum.
El Gobierno español ha ido al Consejo Europeo con tres pretensiones que comparto: la ampliación del actual Fondo de Rescate; su flexibilización para poder atender a países que están en dificultades pero todavía tienen la cabeza por encima del agua, y los eurobonos.
No las plantearon en el Consejo de Ministros de Economía para que no se interpretase que necesitamos un rescate. El presidente del Gobierno las expuso cuando ya no había tiempo de explicarlas ni de ganar aliados.
Ésa es, exactamente, la forma de no conseguir nada en Europa y me preocupa enormemente que sigamos actuando de la misma manera, porque ahora nos toca debatir las perspectivas financieras para los próximos años y si lo hacemos mal, lo pagaremos todos los españoles, especialmente los agricultores y las regiones menos desarrolladas.
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IT’S POLITICS, STUPID!

 
En estos días se ha extendido por los mercados la idea de que los líderes europeos podrían estar planeando una respuesta conjunta y mucho más agresiva a la crisis y ese rumor ha servido para que las bolsas de todo el mundo vean el futuro con más optimismo. Este comportamiento de los mercados evidencia que el problema que tenemos no es un problema económico, es un problema político. La situación de las economías periféricas era la misma hace unos meses que hace unos días, pero la marea sólo ha cambiado cuando los mercados han percibido que la política europea podría cambiar.Lo que está en juego ahora es saber como vamos a enfrentar todos los europeos la salida de la crisis; si lo vamos a hacer todos juntos o cada uno por su cuenta. Lo que también se discute es si la nueva política europea se va a orientar exclusivamente a la consolidación fiscal o va a prestar también atención a la necesidad de encontrar nuevos recursos financieros para hacer más llevadera la carga de los países en dificultades y, sobre todo, para impulsar un plan de choque que saque a la zona euro de su postración anual. Y eso es política.

Es un hecho que todos los países miembros de la zona euro han movilizado ingentes cantidades de dinero para tratar de evitar que la crisis financiera desembocase en una recesión de proporciones similares a la Gran Depresión de 1929. Las cifras son aterradoras: las ayudas comprometidas sólo con el sector financiero suponen un 33% del PIB de la Unión, a las que hay que añadir los estímulos fiscales que absorben más del 5% de la riqueza total.

En estas condiciones parece obvio que los países de la zona euro no van a poder endeudarse durante bastante tiempo, porque lo que toca es pagar las deudas pendientes. Tampoco podrán tirar de gasto público o reducir los impuestos para impulsar el crecimiento porque el nuevo paquete de gobernanza canoniza el llamado principio de la “política fiscal prudente” que postula que “el crecimiento anual del gasto no debería exceder de una tasa prudente de crecimiento del PIB a medio plazo”. Esta rebuscada fórmula lo que quiere decir es que nadie podrá gastar por encima de lo que gana y los que tienen deudas pendientes tendrán que gastar menos todavía. Tampoco podrán bajar los impuestos, salvo que reduzcan el gasto público en la misma cuantía.

En definitiva, los países de la zona euro están ante una compleja encrucijada: de un lado tienen que hacer algo para acortar distancias con los países que crecen más que nosotros, que son casi todos; de otro, no pueden endeudarse, tirar de gasto público, ni bajar impuestos para impulsar la economía. Todo esto es muy preocupante porque según acabamos de saber, los países emergentes, los Estados Unidos y Japón están saliendo de la crisis mucho más deprisa que Europa y tienen mejores perspectivas de crecimiento. Como dijo ha ya un cierto tiempo, el conocido escritor Walter Laqueur: “Dado el descenso de su población, es posible que Europa, o al menos parte de ella, se convierta en un parque temático, una especie de Disneylandia sofisticada para los turistas ricos de China o India”.

Así las cosas, parece lo más inteligente es diseñar una estrategia europea para salir de este lío. Pero la solución no podemos buscarla en el presupuesto europeo, que se ha reducido al máximo por imperativo de Cameron, sino en lo que en la jerga comunitaria se denominan “recursos financieros novedosos”, como el Banco Europeo de Inversiones (BEI) o la emisión de bonos para proyectos específicos. Dios aprieta pero no ahoga, y tenemos la ventaja de que la Unión Europea, como tal, tiene su capacidad de endeudamiento casi intacta.

El BEI es una institución bastante desconocida pero que tiene un potencial enorme. Es dos veces más grande que el Banco Mundial y emite obligaciones de las que solo él responde, lo que explica que los gobiernos nacionales no deban computarlas en su deuda pública. El BEI se ha encargado tradicionalmente de financiar las inversiones en materia de sanidad, educación, regeneración urbana, tecnologías verdes y apoyo a las pequeñas empresas y, a partir del Tratado de Lisboa, puede tomar participaciones en el capital de las empresas, establecer filiales y prestar servicios de asistencia técnica. Sus préstamos anuales alcanza la nada despreciable cifra de 80 mil millones de euros, es decir dos tercios de los recursos de la Comisión europea. Sólo con que hiciese en los próximos diez años un esfuerzo similar al que ha hecho en los últimos veinte años, dispondría de unos recursos similares a los que el Plan Marshall movilizó para reconstruir las economías europeas devastadas por el conflicto bélico.
Si esto no fuese suficiente se podría recurrir a la emisión de bonos para proyectos específicos que la Comisión incluye en su propuesta de consolidación del mercado interior. Con estos dos instrumentos, el BEI y los bonos, podríamos explicar a nuestros conciudadanos que nos preocupamos por reducir la deuda pública porque así no se puede seguir, pero también queremos hacer frente a la situación de penuria por la que atraviesan la mayor parte de las economías europeas.

Termino por donde empecé. El Plan Marshall (1947) exigía a los países que quisieran beneficiarse de la ayuda económica norteamericana diseñar un plan conjunto, y no una mera yuxtaposición de planes nacionales. Para cumplir esta exigencia se creó en 1948 la organización europea de cooperación económica (OECE) que luego se convertiría en la Organización para la cooperación y el desarrollo (OCDE), el precedente de la Comunidad europea. Lo que en síntesis se discute es si convertimos la crisis en una oportunidad para avanzar en el proceso de construcción europea o si, por el contrario, damos rienda suelta a nuestros peores instintos proteccionistas y nos replegamos cada uno de nosotros detrás de nuestras fronteras nacionales. Y eso es política.

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SE BUSCA ESTRATEGIA: RAZÓN UNIÓN EUROPEA

 
La eurozona está de hecho partida en dos: de un lado, los países que han hecho los deberes y que ya han salido de la crisis; de otro los que se han dedicado al dolce far niente y siguen sin levantar cabeza. Lo que ahora quieren los que cortan el bacalao es canonizar esta escisión, y eso sería fatal para España, porque en Bruselas se cree que confiar en Zapatero para hacer las reformas que él mismo ha anunciado es tan ingenuo como lo fue confiar en que Fernando VII acataría una Constitución liberal. Los líderes europeos siguen diciendo que rescatarán a cualquier país en dificultades, pero subrayan que una cosa es ayudar al hermano en dificultades y otra bien distinta es aceptar que los contribuyentes tengan que salir al rescate de los países que se empecinen en seguir cometiendo los mismos dislates que les llevaron al borde del precipicio. Hasta aquí llega el acuerdo entre los líderes europeo, porque en todo lo demás recuerdan a pollos sin cabeza corriendo cada uno en una dirección.
 
La Comisión Europea, el Consejo Europeo y el dúo Merkel-Sarkozy hacen propuestas más o menos solemnes pero con poca o ninguna coherencia entre sí. Cada vez es más evidente que lo que falta es liderazgo. A día de hoy no sabemos si el Banco Central Europeo (BCE) va a seguir ayudando a los bancos en dificultades y va a seguir comprando deuda pública o va a cerrar el grifo, como pretenden tanto Jugen Stark –miembro del Comité Ejecutivo del BCE- como Max Weber, el candidato mejor colocado para suceder a Jena Claude Trichet, en la presidencia del banco. Un lío como no habíamos visto nunca en una institución hasta ahora tan prudente de cara al público. En el Consejo Europeo, el ruido es también considerable.
 
El presidente Van Rompuy anunció esta misma semana que el mecanismo permanente de rescate, que sustituirá al actual dentro de dos años, incluirá un procedimiento de quita y espera para los títulos de países bajo sospecha, que no se aplicará a los países considerados solventes. Van Rompuy no se ha molestado en precisar quién tomará esa decisión ni con qué criterios. Obviamente una medida así supone partir la eurozona en dos. Como dice el analista Wolfgang Munchau, “el nuevo régimen (…) no será una mera prolongación del mecanismo transitorio (…) sino un procedimiento ordenado de ejecución de obligaciones (…) y se diseñará de tal manera que haya una máximo de razones para no utilizarlo”. Por si esto fuera poco, se está abriendo ahora camino la idea de crear un mercado de eurobonos pero sólo para los países virtuosos o para aquellos que limiten su deuda en cumplimiento del Pacto de Estabilidad.
 
La idea de unas obligaciones europeas, que cubran la parte de deuda soberana considerada segura, es buena porque la emisión conjunta supone mayor liquidez; y porque la responsabilidad solidaria ayudará a los países con dificultades a conseguir financiación. Y todo eso con la ventaja adicional de que los eurobonos darían un empujón al euro como moneda rival del dólar. Los eurobonos –bonos azules en la jerga comunitaria- gozarían de las máximas calificaciones crediticias, se pagarían antes que cualquier otra obligación (deuda senior) y, en consecuencia, se emitirían a un tipo de interés muy competitivo. Por el contrario, la parte de la deuda soberana de cada país que no fuese cubierta por los bonos azules lo sería mediante la emisión de títulos nacionales (bonos rojos), que se pagarían después de haberse pagado los azules y, en consecuencia, su coste sería casi prohibitivo.
 
A los españoles, los eurobonos nos irían muy bien porque nos ayudarían a conseguir dinero más barato, pero si se reservan sólo para los países virtuosos nos irían francamente mal, porque nos dificultaría aún más colocar nuestra deuda. Por eso he dicho en otra ocasión que la primera opción supondría un avance considerable en la construcción europea, mientras que la segunda supondría levantar un nuevo telón de acero, esta vez financiero, que abriría la eurozona en canal. Como último apunte quiero señalar que la eurozona necesita algo más que disciplina. Necesita un plan de choque para salir de la crisis, retomar la senda del crecimiento y crear empleo. Plan de choque que sería financiado por el Banco Europeo de Inversiones y, si fuere necesario, con los bonos para proyectos específicos de interés europeo. Zapatero se reúne la semana que viene con Merkel; una ocasión de oro para plantearle estas opciones y definir así una estrategia alternativa, solidaria que evite la fragmentación de la zona euro. Si lo hace contará con el apoyo del Parlamento Europeo y con muchos países a los que no les gusta un pelo lo que se está cociendo hasta ahora en Bruselas
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